SAN VICENTE DE PAÚL
Santo francés del s. XVII y fundador de los Lazaristas y de las Hijas de la Caridad.
Los comienzos de su vida están llenos de incógnitas. No se conoce con certeza el lugar ni la fecha de su nacimiento, y todos los sucesos de su infancia y juventud están envueltos en una niebla de incertidumbre.
N. probablemente en la aldea francesa de Pouy, en las Landas, el 24 abr. 1581. Era el tercer hijo del matrimonio formado por Juan de Paúl y Beltrana de Moras, una familia de labradores de pocos recursos, pero honrada y piadosa, probablemente de origen español. Los primeros años los pasó ayudando a sus padres, especialmente en la guarda de un pequeño rebaño. Su padre, sin embargo, debió de notar en él señales de ingenio y ello le animó a ponerle a estudiar con miras a que fuera sacerdote, primero en un colegio de Dax y luego en las Univ. de Toulouse y Zaragoza, hasta conseguir en la primera el título de bachiller en Teología. Se ordenó de sacerdote el 20 sept. 1600.
El año 1605 fue víctima de una aventura que pudo cambiar toda su vida.
Al volver por mar de un viaje a Marsella, fue apresado por unos piratas berberiscos, que le llevaron cautivo a Túnez; pero tras muchos sufrimientos por cerca de tres años, consiguió convertir a su amo, que era un renegado, y escapar con él en un esquife, bajo la protección (confiesa él) de la Santísima Virgen, hacia las playas de Francia. Circunstancias propicias le llevaron a Roma, pero a poco aparece en París buscando algún beneficio con que poder retirarse a llevar una vida tranquila en su tierra, según confiesa él en una carta que dirige a su madre.
Los planes de Dios eran, sin embargo, otros.
Libre de compromisos pastorales, comenzó a ejercitarse cada vez más en el servicio de los pobres. Bajo la dirección del famoso card. de Bérulle, su alma se va elevando a más altas miras. Ingresado en la corte de la reina Margarita como limosnero suyo, encuentra allí a un doctor que había sido célebre polemista, pero que ahora estaba inmerso en un infierno de dudas contra la fe y tentaciones de blasfemia que le llevaban a la desesperación. V., compadecido, llegó a pedir a Dios que le pasara a él aquellas tentaciones, y Dios escuchó su petición. Por tres años se vio envuelto en angustias terribles, y sólo logró librarse de ellas cuando se decidió a hacer a Dios la promesa de consagrar todos los días de su vida al socorro material y espiritual de los pobres. Había encontrado su vocación.
El card. de Bérulle le invitó entonces a ejercitar su celo en la pequeña y pobre parroquia de Clichy próxima a París, y en pocos meses la convirtió en una parroquia modelo. Pero antes de terminar el año recibió el encargo de formar en la piedad y doctrina a los hijos del señor de Gondi, General de las Galeras de Francia. Aunque el puesto no le parecía muy conforme a sus actuales miras, lo aceptó con sumisión, y pronto encontró también en él ocasiones de entregarse, según su promesa, al servicio de los pobres, tanto entre la numerosa servidumbre de la casa como, aún más, entre los campesinos de los pueblos pertenecientes al Señorío de los Gondi.
Lo que más le afectaba en estas visitas era la absoluta ignorancia que por todas partes encontraba de las verdades más elementales de la Religión. Un caso, sobre todo, le afectó sobremanera. Un campesino moribundo, con fama de muy bueno, a quien exhortó y ayudó a hacer una buena confesión general, declaró a continuación públicamente que sin aquella confesión se habría condenado sin remedio. Todos quedaron pasmados, y más que nadie la señora de Gondi, Margarita de Silly, alma de una extremada delicadeza de conciencia y de un celo ardiente, que había ido allá a repartir limosnas a los pobres.
A los pocos días invitó a V. a predicar en Folleville sobre la confesión general, y el resultado fue que los confesores tuvieron tarea para varios días. Había que hacer una fundación para misionar a los pueblos, y la señora de Gondi estaba dispuesta a sostenerla económicamente. Sería preciso que el mismo V. formara una nueva 'Comunidad para entregarse enteramente a este trabajo.
Pero antes Dios le llamó a otra parte.
En la parroquia de Chatillon, adonde le encaminó el card. Bérulle, Dios le inspiraría una institución que será luego un medio poderoso de apostolado: las llamadas Cofradías de la Caridad, que en pocos años se irían extendiendo por toda Francia.
Los Gondi, sin embargo, no se avenían a perderlo y consiguieron recobrarlo, pero a condición de darle más libertad de apostolado. La señora seguía con su idea, y al fin logró convencer a su capellán y director. El 17 abr . 1625 se firmó un contrato por el que los señores de Gondi entregaban a V. 45.000 libras, para que con sus rentas pudieran alimentarse seis o más sacerdotes, que se comprometerían a vivir en comunidad bajo su dirección y dar misiones gratuitas en los pueblos adonde les mandaren los obispos. El arzobispo de París, hermano del. General de las Galeras, les cedió un colegio, y más tarde se establecerían en el gran Priorato de San Lázaro, que daría el nombre a la nueva Congregación.
Las misiones al pueblo abandonado constituyen, siempre, en la mente de V., su obra principal: siempre pensó que las necesidades espirituales de los hombres, a cuyo remedio se dirigen las misiones, son mucho más importantes que las necesidades materiales, aunque éstas sean más visibles. Por eso él mismo durante casi toda su vida se entregó a este trabajo, a pesar del cúmulo de otras empresas que también tenía que dirigir. La obra hizo un bien inmenso, y pronto se extendió por la mayor parte de las diócesis de Francia y aun de Italia, Polonia, etc.
Las Hijas de la Caridad.
Es la segunda gran obra de V. y la más conocida de todas. El santo, en sus correrías apostólicas, había encontrado a veces muchachas con grandes deseos de servir a Dios, pero que no podían entrar religiosas. żNo serían estas jóvenes a propósito para ayudar o suplir a las señoras de las Cofradías de Caridad, en la atención a los enfermos? Comenzó la experiencia con algunas y en general daban buen resultado. Faltaba organizarlas y formarlas tanto espiritual como social y técnicamente. Para ello Dios le deparó una ayuda maravillosa en la persona de una de aquellas Damas de la Caridad, S. Luisa de Marillac. Bajo su dirección y contando, desde luego, con las frecuentes instrucciones del santo, se fue formando una nueva Comunidad con su noviciado y sus votos, si bien, para quitarle toda apariencia de orden religiosa, al noviciado se le llamaba seminario, y los votos eran simples y anuales. Luisa cuidó al mismo tiempo la inspección de las Cofradías de Caridad para mantenerlas en el primer fervor, haciendo para ello muchos viajes por toda Francia,
La reforma del clero.
La experiencia le decía a V. que el fruto de las misiones en los pueblos sólo era duradero cuando quedaba allí un sacerdote bien formado y celoso. Mas las noticias que tenemos sobre la situación moral y científica del clero de aquellos pueblos es deprimente. De ordinario se entraba en el sacerdocio sin preparación clerical alguna. El mismo santo había encontrado sacerdotes que no sabían darle la absolución. Por eso pensó en poner remedio a ese mal. Pronto consiguió de algunos obispos que, antes de ordenar a nadie, obligaran a los candidatos a pasar unos días reunidos, ya en su palacio, ya en la casa de los misioneros, para ser instruidos en lo más elemental de las obligaciones que impone la vida sacerdotal. Ya en 1631, el arzobispo de París obligó a todos sus ordenandos a pasar 15 días en San Lázaro. Ampliando luego la obra, no sólo a los ordenandos, sino a los sacerdotes de cualquier edad, y después también a los seglares les fue atrayendo a la casa de los misioneros para practicar los Ejercicios espirituales, algo semejantes a los de S. Ignacio, pero más sencillos y populares. Muchos de estos sacerdotes, deseando intensificar esa formación ascética y moral, establecieron, bajo el influjo del santo, una asociación llamada Conferencia de los Martes, cuyos miembros se reunían en ese día de la semana para formarse mejor en la ciencia y en la virtud. De ella echó mano a veces el santo para dar misiones en las ciudades, en las que su Compañía tenía por norma no actuar.
Pero esta formación del clero era más bien transitoria. Era preciso ir a la raíz, a formar al sacerdote en la piedad y en la ciencia sacerdotal desde los comienzos. El Conc. de Trento había legislado sobre el establecimiento de seminarios, pero en Francia aún no se había hecho nada. V. comenzó estableciéndolos en sus propias casas de París: uno Menór y otro Mayor. Luego los obispos le fueron encargando organizar los suyos. Al morir el santo, la Congregación dirigía ya una veintena de ellos.
Todavía quedaba otro sector clerical aún más alto e influyente: el de los obispos. No se trataba aquí de formarlos, aunque a muchos formó en la Conferencia de los Martes, sino de elegir hombres dignos para el episcopado. También en esto pudo influir grandemente V. cuando fue llamado por la reina Ana de Austria al llamado «Consejo de Conciencia», que era el encargado de este asunto para todo el Reino.
Otros aspectos.
El jansenismo fue otro de los problemas con que V. hubo de enfrentarse. El abad de Saint-Cyran fue amigo de V. hasta que éste vio claro el espíritu herético que le animaba. V. trabajó entonces con todas sus fuerzas por mantener a su Compañía alejada de este error, en que cayeron, más o menos, algunas otras Comunidades y también varios obispos, alguno bien amigo suyo.
Quedan todavía por señalar otros aspectos de la acción apostólica de S. V.: las expediciones de misioneros que envió a Madagascar y a otros lugares, los sacrificios que hizo para mantener la Misión de Berbería (Túnez y Argel) para cuidar de los esclavos cristianos, su larga lucha contra la mendicidad, especialmente en París, la obra de los Niños Expósitos, su asistencia a los galeotes... Se puede decir (y la Iglesia lo dice en el Oficio del Santo) que no hubo miseria ni calamidad a la que él no tratara de poner remedio.
V. no fue un místico. Sólo consta haber tenido una visión simbólica de la glorificación de S. Francisco de Sales y de S. Francisca de Chantal. Tampoco se sabe que hiciera en vida ningún milagro. En cambio, nos dice él mismo que tuvo que hacer tremendos esfuerzos para dominar su genio vivo y brusco, y sus contemporáneos confirman que lo consiguió a la perfección. Su meta fue buscar siempre en las acciones la voluntad de Dios; su norma, la imitación lo más perfecta posible de Jesucristo. Padeció muchas enfermedades, en especial frecuentes ataques de tercianas, reuma, úlceras en las piernas. Finalmente, agotado por ellas, el 27 sept. 1660, poco antes del amanecer, recibidos los sacramentos, sentado en un sillón, entregó su alma a Dios. Canonizado por Clemente XII en 1737, fue proclamado por León XIII, en 1885, Patrono universal de todas las obras de Caridad, que, de alguna manera, proceden de él.
BIBL. ; P. COSTE, Le grand saint du grand siecle. Monsieur Vincent, 3 vol., París 1931; íd, Saint Vincent de Paul (Corres. pondence, Entretiens, Documents), 14 vol., París 1921; I. HERRERA, San Vicente de Paúl, 2 ed. Madrid 1955; íD, Teología de la Acción y Mística de la Caridad, Madrid 1960; L. CHIEROTTI, Vincenzo Depaul, en Bibl. Sanct., 12,115-1167; H. DANIEL-ROPS, San Vicente de Paúl, Barcelona 1967.
A. IRCIO LARRINAGA.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991